Para mi hija, Marce, la casa de su abuelita es de Nina (Labrador), la de su tío Daniel es de Tobías (Shitzu) y la de su tío Víctor es de Jiro (Cocker Spaniel). Aunque su mamá Silvia le ha repetido que debe saludar a sus tíos y abuela primero, ella siempre que los visita no hace caso y corre a saludar a los perros.
También le gusta conversar de ellos: ”Que Tobi hizo esto” (hace mímica con sus manos); ”Que Jiro ladra mucho” (guau, guau,guau) y resondra a la Nina (”¡No, Nina, no!”).
A veces me pregunto qué raza de perro sería la ideal para acompañar Marce. El consejo de los amigos está entre: Schnauzer , Salchicha, Pug o Bichón Maltés. La verdad es que yo ya tengo mi favorito, y esa elección tiene treinta años.
Cuando yo era niño, recuerdo que mi papá el ‘Loco’ Arriola creaba historias de nuestros perros y los convertía en bailarines de tango, políglotas, deportistas, galanes, filósofos, cantantes. Por su trabajo de ingeniero pesquero viajaba mucho, pero siempre llamaba a casa y pedía que cuidáramos a sus mascotas y sobre todo al ‘Cholón’, hijo de su perro Basset Hound predilecto llamado el ‘Rafa Minelli’, por una telenovela argentina.
Hace tres décadas, un sábado al mediodía, el ‘Cholón’ se escapó y un vecino lo atropelló. Desesperados lo llevamos al veterinario, pero fue en vano. Regresamos con mis hermanos a casa preocupados y tristes. Cómo explicarle al ‘Loco’ que por un descuido el heredero del anciano ‘Rafa’ había muerto. A ninguno de mis hermanos mayores se les ocurrió alguna excusa. De pronto escuchamos que el teléfono de la sala timbraba. Mi hermana trotó a contestar y gritó: ¡Papá! Todos corrimos a su lado. Por las respuestas de mi hermana entendimos que hablaban del ‘Rafa’.
-Sí, papá. Te prometo que haré lo que pides –afirmó.
La miramos extrañados. Ella les dijo a mis hermanos mayores que abrieran la puerta del patio porque el ‘Loco’ quería hablar con el ‘Rafa’ y que aprovecharan para enterrar al ‘Cholòn’. Por sus patas cortas el ‘Rafa’ llegó jadeando. Mi hermana acercó el auricular a una de sus grandes orejas. ¿Qué pedido será?, me pregunté. El ‘Rafa’ movía la cola y luego mi hermana colgó al ya no escuchar la voz del ‘Loco’.
-Vamos al parque a pasear con el ‘Rafa’ – me dijo.
Salimos de la casa. El ‘Rafa’ caminaba sin apuro, su cabeza con canas se balanceaba y una que otra vez se tropezó al pisar sus elefantiásicas orejas. Mientras husmeaba los árboles y ladraba a las palomas, mi hermana me comentó:
-Mi papá ha ordenado que nunca más hablemos del ‘Cholón’.
-¿Y qué le dijo al ‘Rafa’?
-Que el ‘Cholón viajó a París.
¿París?, pensé mientras imaginaba al ‘Cholón’ sentado al lado de la ventana del avión. Con la inocencia de un niño de diez años juré que algún día iría a esa ciudad. Todos obedecimos y el ‘Rafa’ nunca más escuchó el nombre de su hijo. El tiempo pasó, nunca viajé a Europa. Sin embargo ahora el recuerdo hace el viaje de regreso. Espero que a Marcela le guste un cachorro de patas cortas y gruesas, ladridos de tenor, ojos caídos y que siempre tuvo su nombre.

