El deportado bajó del avión decidido a pagar el impuesto secreto. Entró a la oficina de lunas polarizadas del aeropuerto Jorge Chávez. Amanecía el primer día del 2010. Un policía de Migraciones con cara soñolienta lo atendió. Mientras tomaba una taza de café revisó por qué había sido arrestado. Al leer el delito bostezó y abrió más los ojos para ver los años de permanencia en Japón. Sacó mentalmente las cuentas del pago: cincuenta dólares por año. Revisó entre las hojas del salvoconducto y halló mil dólares.
-Jefe, la familia ta afuera esperando con el cartel de bienvenido. Mi viejita ha madrugado –le dijo el deportado.
-¿Con qué nombre falso saliste de Perú?
-Manuel Jesús Endo Briceño.
El policía fingía que revisaba la pantalla de su computadora. Tecleó unas palabras. Volvió a mirar lo que había escrito. Con las manos libres guardó el fajo de dinero en uno de sus bolsillos. Selló el salvoconducto y le informó que podía irse. Bebió un poco más de café. Al verlo alejarse un presentimiento lo hizo ponerse de pie. Protegido por los vidrios oscuros descubrió detalles del deportado: no llevaba maletas, vestía ropa fina y recordó que no le había pedido rebaja. Eso era lo más raro. Todos los peruanos ilegales que regresaban del País del Sol Naciente deportados siempre regateaban.
Regresó a su escritorio para verificar su duda. Ahora sí examinó con minuciosidad en la computadora los datos policiales del deportado. Su presentimiento se transformó en una seguridad.
-¡Cuarenta años, saco oscuro, pelo ondulado y camisa azul! –gritó el policía y pidió refuerzos por su radio.
Desde que salió de la oficina de lunas polarizadas, el recién llegado sintió que lo observaban. Por eso con disimulo había dejado su saco en el suelo para confundirse entre la multitud de viajeros. Al notar el despliegue policial apresuró el paso. La avenida estaba a pocos metros. Corrió cuando escuchó que los policías gritaban: ¡Todos al suelo! Ya en la calle, descubrió que estaba perdido en una Lima de combis de cobradores ruidosos, de taxis que tocaban sus bocinas, de antiguos microbuses. Volteó por reflejo. Tres policías, a pocos metros de capturarlo. Sin otra solución, alzó su mano y dos taxis stations wagons blancos casi chocan por brindarle el servicio. Entre putadas de madre de los choferes, un antiguo Toyota Crown con letras japonesas de taxi frenó a su lado. En medio del caos la puerta se abrió.
-¡Cónsul entra! –le gritó el conductor.
Sin mirar atrás subió y el taxi arrancó con un sonido de llantas.
-Para quién trabajas, ¿los Shimabukuro o los Yakuzas?
-¿No me reconoces Cónsul?
Fijó su vista en el perfil del taxista. ¿Lo conozco de algún lado?, se preguntó. Entonces, comenzó a observarlo con mayor atención: un gorro deportivo aprisionaba su cabellera, una abundante barba ocultaba su rostro y manejaba con lentes oscuros. Creo que nunca lo he visto en mi vida, pensó. Por curiosidad y con disimulo, inspeccionó el interior del auto: tenía los asientos limpios, los pisos de jebe relucientes y una estampita de San Judas Tadeo, colgada en el espejo retrovisor, se mecía. El Cónsul leyó su mensaje: Dios hará justicia.
El taxi se detuvo por un semáforo en rojo del cruce de la Av. Morales Duarez. El conductor se sacó los lentes oscuros y el gorro. Con el rostro descubierto, giró la cabeza en su dirección y ambas miradas se hallaron. El Cónsul lo reconoció.
-Historiador, sigues vivo. Yo pensé que los Yakuzas…
-Cónsul logré escapar y regresé a Perú. Pensaba que me habías traicionado, pero hace unos tres años encontré al Cuy acá en Lima y él me contó que me buscaste por todas las comisarías de Nagoya. También me pasó el teléfono de algunos del refugio que siguen trabajando en Japón. Así me enteré que la policía había entrado a tu antiguo apato.
-¿Cómo adivinaste que regresaría?
-Pensé que ya estabas cansado de seguir huyendo. Estoy aquí por los viejos tiempos.
-Historiador llévame al cementerio El Ángel.
Ambos guardaron silencio. El semáforo cambió a verde. El taxi avanzó por la Av. Faucett y por los parlantes escucharon la ronca voz de Tsuyoshi Nagabuchi, el cantante preferido del Cónsul, Uso wa nai hou ga ii/ Uso wa iwanai sou kokoro ni kimete/ Uso wo tsukitsuzukete ore ikite iru, cruzaron los rieles del tren cerca de la Av. Argentina, su Toyota Trueno color negro esperándolo en la estación de Nagoya, Shinjitsu oo shinjitsu/ Shinjitsu dake ga atama wo tareru , giraron a la derecha y entraron a la Av. Colonial, el refugio de la estación de trenes donde inventó lo que todos buscan, Kane kane kane to kane oikaketara/ Hitoyo ni shite shiawase ga surinuketa, pasaron por el bypass de la Av. Universitaria hasta la Plaza Dos de Mayo, las peleas con los camellos y los yakuzas, Shinjitsu oo shinjitsu/Shinjitsu dake ga atama wo tareru, y de ahí enrumbaron a la Av. Evitamiento y por un atajo entraron a Barrios Altos.
Cuando ya estaban cerca el Cónsul le pidió al Historiador que se detenga para comprar un ramo de claveles rojos. Faltaban dos horas para que las puertas del cementerio se abrieran. El Cónsul logró que el taxi entrara por veinte dólares y hasta el guachimán les indicó cómo llegar al pabellón Santa Liliana. A los poco minutos el auto frenó.
-Cónsul mejor te espero –le comentó el Historiador .-La policía debe seguir buscándote.
-Arigatou –le respondió y bajó del auto.
Caminó mirando las lápidas. Tenía que buscar la negra, con un ancla y un poema de letras blancas. La encontró descuidada. Con su mano tocó la fría piedra, limpió el polvo y apareció con claridad la imagen de un hombre. El Cónsul le pidió disculpas por incumplir su promesa. También porque no pudo estar ni cuando murió ni en su entierro. Lloraba desesperado como lo había hecho tantas veces en Japón: en el refugio, en hoteles cinco estrellas, en su deportivo Toyota Trueno corriendo a más de 150 Km/h escuchando las canciones de Nagabuchi. Recordó también la estampita religiosa del taxi del Historiador: ‘’Dios hará justicia’’. Le dio la razón, todo se paga en la vida, al crédito o al contado, en días o en años, no hay diferencia a la hora de asumir las culpas. Y ahora sabe que tendrá que asumir los errores y aciertos de dos décadas en otro continente: ser el peruano más rico de Japón por haber inventado la visa falsa, ser el único extranjero que se enfrentó a la mafia japonesa, ser el más grande proveedor de cocaína y prostitutas colombianas, rusas y filipinas al País del Sol Naciente.
(Un fragmento de la segunda novela que escribo luego de que mi hija se duerme).













gracias gracias yo envie la rosa sabian hello es hermosa cierto vesos
Los Basseth hound son lo mas hermoso del mundo. Yo tengo uno y es indescriptible todo el amor q nos da y lo noble q puede ser. Te aseguro q tu hija recibira el mejor de los regalos, no hay nada mas tierno q ver esos ojotes y orejotas caidas y siempre sus ladridos grueso.
Eh llorado con la historia… yo tengo tres perritos rottweiler que son mi adoracion Dark(papá), Shade(mamá) y Taison(Hijo, y el mas engreido) en estos dias mi pequeña sera mama otra vez ojala que todo salga bien, ya estoy anciosa por ver a los cachorros, lo que me pone triste es que al final tendre que separarme de ellos me gustaria quedarme con todos pero no puedo
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Cuando falleció George mi pena y la de todos los de la casa fué enorme. Era un setter irlandés. Para mi el perro mas guapo de toda la raza canina, aparte de ser super inteligente. Si vuelvo a tener otro perro tendría que ser otro setter irlandés.
Muy buena pipo,se la lei a tobias le gusto y sabes lo que me dijo:GUAU GUAU GUAU!.